Si hay algo de lo que he pecado es de caer en el ridículo. Hace dos años exactamente, si las fechas no me sacan la vuelta, tuve la osadía de disfrazarme de mujer -de vieja gringa para exactos -para una clase de inglés en el insituto de idiomas más nice de San Isidro, y pese a mi gran performance -que bien pudo despertar burla, pero siendo una clase de las siete de la mañana considero que desperto a mis somnolientos y madrugadores classmates -obtuve una nota bajísima (era de esperarse, ni que el histronismo y travestismo geriátrico se premiaran en el instituto de inglés más cool de Lima), odié a mi profesora y luego de eso abandoné el inglés por un buen tiempo. Y si me preguntan, volvería a hacer lo mismo e incluso pintaría otra vez ese cuadro de los cuatro monos que fue parte de mi exposición, role play o como se llamese (sí pues, además de actuar, hasta pinté, me faltaba tocar la armónica y ya hubiera sido una demostración de arte completa); lienzo al que le tengo harto cariño, el cual no puedo demostrárselo directamente, pues ahora el cuadrito en cuestión está en estos momentos colgado -o guardado -en algún lugar de Madrid. Pero bueno, vamos por partes para que no se aturdan.
1. El mercado
Supongo que esto de exponerme en los salones de clase data de la época escolar. Es, ante todo, una revancha. En primaria, a una profesora se le ocurrió mandar de tarea hacer la representación de un mercado. En realidad lo que pidió fue: "Quiero que vengan con productos y los vendan". Por algún tipo de sorteo, a mi me tocó vender pollos. La idea me pareció atrayente, recuerdo que a esa edad iba a hacer la plaza y me parecían ceremoniosa las destajadas que hacía el vendedor -con V de verdugo- del ave nuestro de cada día., así que, oh sí, yo estaba feliz de hacer de vendedor de pollo y nadie me iba a parar. Mis padres, al ver mi entusiasmo, me ayudaron a hacer unos pollos de tecnopor, de los que hasta ahora se acuerda mi amiga Liliana. ¿Utilería? Cómo, no: Mandil, una fake plastic hacha sin filo, guantes y mis incomestibles pollos. El día de la presentación, mi amigo Michael -que también estaba destinado al mismo negocio que yo -llegó con pollos más misios que los míos, pero con una soltura incleíble para gritar como pregronero y atraer a la ficticia clientela. Me di cuenta entonces que estaba jodido, que mis pollos podían ser los mejores de la plaza, pero que de vendedor de barrio me iba a morir de hambre. La timidez me ganó, me sentí aminorado -si tuviera que hacer una comparación, Michael había voceado sus ricos pollos, llévese su poooolloooossss como si fuera Freddie Mercury en concierto y yo me sentía más opacado que Justin Bieber en un congreso lírico-. Les juro, que luego de eso, salí a las actuaciones de colegio con más huevos que pollos muertos.
2. Tres trickster tigres
Diez años después: la clase de inglés. Junio de 2010. Durante las clases leímos la revista Smithsonian. Como nota previa al examen final, los alumnos de este instituto nice formaban grupos y exponían (ahondaban, investigaban) sobre una lectura de su elección. Mi grupo, en el cual era el único hombre, y que estaba conformado por Luzmi, Yessy y yo, escogió la lectura titulada Madeleine Albright on her life in pins (respectivo link por si se les pica la curiosidad: http://www.smithsonianmag.com/arts-culture/Q-and-A-with-Madeleine-Albright.html). Para resumir, la historia de dicho texto iba sobre la secretaria de estado de Clinton, Madeleine Albright, fanática de los pines y que llevaba uno cuando se reunía con líderes políticos del mundo. Doña Madeleine es bien respetada en Estados Unidos (es más, Obama le acaba de dar el mismo reconocimeinto que a Bob Dylan hace poco -leer post anterior). Cuenta la historia que cuando Albright conoció a Saddam usó un pin de serpiente como para hecerle burla. Y cuando se reunió con Putin usó el pin de los tres monos que no oyen, no miran y no hablan (hear-no-evil, see-no-evil, speak-no evil) pues quería echarle en cara al presidente ruso que se estaba haciendo el loco ante un conflicto con Chechenia.
Con Luzmi y Yessy, deteminamos lo siguiente: Haríamos una escena donde Madeleine contara la historia de sus prendedores en una conversación con dos peruanas, que la visitan en su casa en USA. Estas dos peruanas, no sé por qué diantres, serían Martha Hildebrandt y Rosa María Palacios (creo que las dos chicas las admiraban). Yo, hice las veces de Madeleine Albright.
-Tú puedes, no sientes vergüenza -dijo Yessy como para lavarme el cerebro.
Luzmi, reía como tonta, al fin y al cabo ella es más tímida que yo y sería incapaz de hacer locuras. No sé si Yessy lo hizo para burlarse de mí -creo que experimentaba con la sicología humana -pero yo, que debía hacer honor a mi apellido acepté el reto. Es más, para mí era pura diversión, pues meses atrás incluso me había disfrazado de Sherlock Holmes en el mismo instituto san isidrino.
3. Let's jam!
Preparamos todo púlcramente. Creamos una conversación donde se notara el intelecto sabelotodo de Martha Hildebrandt, las preguntas pegadas a la estadística de Rosa María Palacios (a quien Martha y Madeleine se dirigían como Rosca) y el sarcasmo yanqui de una Madeleine que se había burlado de Putin en su pelada cara. O sea, lectores, la complejidad psicológica de nuestros personajes estaba a la orden del día y hasta el menos observador podía haberse percatado que el guión parecía elaborado por los escritores de Mad Men. Llevamos tazas, un mantel y una Manty para mofarnos del comercial de antaño en perfecto inglés. Llevamos una revista Caras, pues en alguna parte del guión estaba escrito que Martha, Rosca y Maddie iban a darle una hojeada a los sociales. Y llevé, pintado apenas 48 horas antes, mi cuadro de los tres monos, el cual adornaría la imaginaria casa de Maddie. Oh, sí, pero como se habrán dado cuenta, en esa pinturita no hay tres sino cuatro simios, pues me quise pasar de chistoso y le añadí el mono FUCK-NO-EVIL. Y así, empezamos con la exposición teatral. Al finalizar, el trío nos dábamos como ganadores de un certamen. Al fin y al cabo, los tríos son un éxito (pasando por Larry, Curly y Moe; Nirvana o los threesome de alcoba). Al menos yo me sentía ganador. Pero la profesora nos corrigió en exceso, nos hizo notar que habíamos dicho groserías en algún momento de la conversación y, Chris, congratulations to your painting skills, but, no seas payaso al poner un cuadro de esa naturaleza en mi aulaaaaa!!!! La profesora nos demolió. Nos hizo trizas. Nos retiramos con la cabeza baja. Sentado derrotado en mi silla, regresé a la escena del vendedor de pollos. Tenía algo de similar.
4. Whatever people say I am, that's what I'm not
De como personifiqué a Madeleine no hay video en Youtube (al menos no que yo sepa). De como Yessy me prestó una peluca de su madre para verme como mujer, tampoco (Eso no es cierto, tengo una, pero no pienso publicarla, porque no hay fotos mías en este blog e iniciar con una al estilo Lady Oscar anciana no es la idea). El único recuerdo de aquel episodio, el único souvenir sobreviviente, fue el glorioso y despreciado, culpable de la mala nota, lienzo de los cuatro monos. Viole, gran amiga, que vive en Madrid un cuento de hadas pese a la crisis, vino de visita ese 2010, un mes después de ocurridos los hechos (Nadie entendía porque se había regresado justo cuando en España iban a tirar la casa por la ventana luego de que salieran campoenes del mundo). Le conté pues la historia que ahora les cuento a ustedes. Ella -quizá viendo que había hecho con cariño el cuadro pese a sus fines académicos), me pidió (exigió) que le regalase la pintura. Demandó mi firma y dedicatoria a la espalda de la tela, y se la llevó. Quizá sea mejor así. No me imagino colgado en mi cuarto a esos monos burlones y pendencieros vigilando mi sueño.
Yessy podrá hasta ahora pensar que estoy un poco demente por haber hecho ese ridículo, el cual no considero ningún ridículo. Luzmi, ya se olvidó del tema y, ahora que la frecuento, ni siquiera viene a su mente ese capítulo, por el contrario, si de algo me podría acusar no sería de loco, sino de soberbio. Quziá para Yessy -sobretodo para ella -o Luzmi, que me haya prestado a ataviarme de vieja es hacer el ridículo. Y claro está, para mí -que de niño me sentí mal por no personificar bien a un pollero -, hacer eso era como la misma libertad. Pero bueno, podré defender mi actuación de vieja gringa, pero ni de a vainas me veo a las siete de la noche, presentándome ante los tres jurados de canal dos, diciendo 'Yo soy: ...'. Porque como reza el disco de los Arctic Monkeys, lo que digan que soy, es lo que no soy.
Con Luzmi y Yessy, deteminamos lo siguiente: Haríamos una escena donde Madeleine contara la historia de sus prendedores en una conversación con dos peruanas, que la visitan en su casa en USA. Estas dos peruanas, no sé por qué diantres, serían Martha Hildebrandt y Rosa María Palacios (creo que las dos chicas las admiraban). Yo, hice las veces de Madeleine Albright.
-Tú puedes, no sientes vergüenza -dijo Yessy como para lavarme el cerebro.
Luzmi, reía como tonta, al fin y al cabo ella es más tímida que yo y sería incapaz de hacer locuras. No sé si Yessy lo hizo para burlarse de mí -creo que experimentaba con la sicología humana -pero yo, que debía hacer honor a mi apellido acepté el reto. Es más, para mí era pura diversión, pues meses atrás incluso me había disfrazado de Sherlock Holmes en el mismo instituto san isidrino.
3. Let's jam!
Preparamos todo púlcramente. Creamos una conversación donde se notara el intelecto sabelotodo de Martha Hildebrandt, las preguntas pegadas a la estadística de Rosa María Palacios (a quien Martha y Madeleine se dirigían como Rosca) y el sarcasmo yanqui de una Madeleine que se había burlado de Putin en su pelada cara. O sea, lectores, la complejidad psicológica de nuestros personajes estaba a la orden del día y hasta el menos observador podía haberse percatado que el guión parecía elaborado por los escritores de Mad Men. Llevamos tazas, un mantel y una Manty para mofarnos del comercial de antaño en perfecto inglés. Llevamos una revista Caras, pues en alguna parte del guión estaba escrito que Martha, Rosca y Maddie iban a darle una hojeada a los sociales. Y llevé, pintado apenas 48 horas antes, mi cuadro de los tres monos, el cual adornaría la imaginaria casa de Maddie. Oh, sí, pero como se habrán dado cuenta, en esa pinturita no hay tres sino cuatro simios, pues me quise pasar de chistoso y le añadí el mono FUCK-NO-EVIL. Y así, empezamos con la exposición teatral. Al finalizar, el trío nos dábamos como ganadores de un certamen. Al fin y al cabo, los tríos son un éxito (pasando por Larry, Curly y Moe; Nirvana o los threesome de alcoba). Al menos yo me sentía ganador. Pero la profesora nos corrigió en exceso, nos hizo notar que habíamos dicho groserías en algún momento de la conversación y, Chris, congratulations to your painting skills, but, no seas payaso al poner un cuadro de esa naturaleza en mi aulaaaaa!!!! La profesora nos demolió. Nos hizo trizas. Nos retiramos con la cabeza baja. Sentado derrotado en mi silla, regresé a la escena del vendedor de pollos. Tenía algo de similar.
4. Whatever people say I am, that's what I'm not
De como personifiqué a Madeleine no hay video en Youtube (al menos no que yo sepa). De como Yessy me prestó una peluca de su madre para verme como mujer, tampoco (Eso no es cierto, tengo una, pero no pienso publicarla, porque no hay fotos mías en este blog e iniciar con una al estilo Lady Oscar anciana no es la idea). El único recuerdo de aquel episodio, el único souvenir sobreviviente, fue el glorioso y despreciado, culpable de la mala nota, lienzo de los cuatro monos. Viole, gran amiga, que vive en Madrid un cuento de hadas pese a la crisis, vino de visita ese 2010, un mes después de ocurridos los hechos (Nadie entendía porque se había regresado justo cuando en España iban a tirar la casa por la ventana luego de que salieran campoenes del mundo). Le conté pues la historia que ahora les cuento a ustedes. Ella -quizá viendo que había hecho con cariño el cuadro pese a sus fines académicos), me pidió (exigió) que le regalase la pintura. Demandó mi firma y dedicatoria a la espalda de la tela, y se la llevó. Quizá sea mejor así. No me imagino colgado en mi cuarto a esos monos burlones y pendencieros vigilando mi sueño.
Yessy podrá hasta ahora pensar que estoy un poco demente por haber hecho ese ridículo, el cual no considero ningún ridículo. Luzmi, ya se olvidó del tema y, ahora que la frecuento, ni siquiera viene a su mente ese capítulo, por el contrario, si de algo me podría acusar no sería de loco, sino de soberbio. Quziá para Yessy -sobretodo para ella -o Luzmi, que me haya prestado a ataviarme de vieja es hacer el ridículo. Y claro está, para mí -que de niño me sentí mal por no personificar bien a un pollero -, hacer eso era como la misma libertad. Pero bueno, podré defender mi actuación de vieja gringa, pero ni de a vainas me veo a las siete de la noche, presentándome ante los tres jurados de canal dos, diciendo 'Yo soy: ...'. Porque como reza el disco de los Arctic Monkeys, lo que digan que soy, es lo que no soy.
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