
Cierta profesora de religión que me tocó en mi primariosa época escolar, dedicó cierto día varios minutos de su clase a prepararnos para el fin de los tiempos. Y es que eran mediados de los 90, así que se aproximaba el Jubileo 2000, hecho que fue interpretado por esta ilustre maestra como un simulacro a nivel nacional de cómo sobrevivir al Apocalipsis. Esta profesora hablaba sobre el fin del mundo con el entusiasmo con el que Homero versaba la Odisea. Sí. La tía era Seinfeld versión profética y, quiera o no aceptarlo o asimilarlo, sus palabras fueron para mí un primer contacto con la narrativa. Esta profe narraba gran parte de la Biblia, pero como que las proezas de Moises y Jesús ya habían sido bien ilustradas en el cine, así que nadie le daba mucha bola a esto. No obstante, el fin del mundo todavía no había sido adaptado al sétimo arte, quizá porque los efectos especiales no daban para tanto, quizá porque George Lucas se negaba a filmar una película de desastres (por qué el gana con el merchandising y se dio cuenta que no iba a sacar plata vendiendo muñecos de muertos, meteoritos o jinetes virulentos), quizá porque cuando Hollywood se disponía a filmar 'The End of the World: The Movie', los judíos tomaron el control de los estudios, trayéndose abajo toda la onda católica, para luego darle permiso a Spielberg de hablar de extraterrestre cabezones, dinosaurios que abren puertas y tiburones hambrientos. A lo que voy: El fin del mundo explicado por mi profesora era novedoso y espectacular. De hecho es una de las cosas que más recuerdo de esa castrante clase, de lo contrario no estaría acá hablándoles de esto.
Pero antes de referir las delicias narrativas de la señorita apellidada Corpus, me ubicaré en el tiempo y espacio. Bueno, ya dije: Mediadios de los 90. Lugar: El colegio parroquial Junior César de los Ríos, nombre bastante extraño para una escuela. Ahora recién me vengo a enterar que César de los Ríos fue un tipo que ayudó a construir aquel centro educativo. En fin. En ese tiempo, yo había leído apenas una Biblia ilustrada, con gráficos amables y tiernos, mientras que lo más sanguinario que había pasado por mis ojos jovenes había sido 'Bodas de Sangre' de Lorca. O sea, si eres un chiquillo y ves que en la biblioteca de tu viejo hay un libro que tiene la palabra 'Sangre' en el lomo, te va a picar la curiosidad de leerlo, quizá porque esperas que el novio le haga un fatality a lo mortal kombat a alguien (Kill Bill después me daría en la yema del gusto). Yo del Apocalipsis no sabía ni un carajo, así que la maestra Corpus me introdujo en ese mundo (Aún no había visto Terminator).
Habló entonces de que un ejército de herejes (quizá islámicos) invadiría las costas de los países que profesaban amor a Jesús. Esta tropa de exterminio detendría a la gente en las calles para preguntarles: "¿Crees en Jesús?". Sí decías que no, te dejaban vivo y te unías a ellos por default, si decías que sí, te destajaban en one, para que te reunieras con tu querido Cristo. La profesora, sugería lo siguiente si ese momento llegara a pasar: "Pues hay que decir que creemos en Jesús. No hay por qué negar nuestra fe solo por salvar nuestra vida". Sí, claro. Hemos mentido de niños para que nuestra madre no nos zurre y vamos a decir la verdad, gritar enérgicos I love Jesus, mientras tenemos una pistola desevangelizadora en la cabeza.
A ese exterminio militarizado de la raza humana, le siguió un episodio mágico, pues según la Corpus, lo preferible durante el fin del mundo, no era salir a correr a la calle por nuestras vidas o formar esas rondas que te enseña defensa civil en caso de sismo. No señor, lo mejor era quedarnos encerrados en nuestras casas y no abrirle la puerte a nadie, pues algunos espíritus resucitados vagarían por las calles durante el fin, devorando a los que chapaban en parques, en lugar de estar en su casa, en familia. "No debemos siquiera salir a comprar", dijo la profesora, quizá no tan incongruente, pues -creo yo- el fin del mundo también podría ser el acabóse de tanto consumismo (Ya ustedes saben, dizque la ramera bíblica es la estatua de la libertad). Y claro está que esta parte no se alejaba mucho de la realidad peruana de entonces, pues yo me imaginaba ese fin del mundo a punta de lámparas con kerosene, en medio de la oscuridad, coches bomba, militares trepándose a tu casa en busca de subversivos y demás.
Uno de mis compañeros de entonces, Antonio Julca, se animó a poner su granito de mostaza a la narración, hablando -bien informado él - de bombas nucleares, superviviencia de algunos elegidos (en realidad suertudos), quienes, mismos japoneses, iban a resucitar el mundo de la manera más tecnológica posible. "No creo. El profesor Rodríguez siempre dice: "Yo no sé como será la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos", dijo Corpus refiriendo así que ni cagando después de tanta destrucción ibamos a vivir como los Supersónicos. Yo no supe nunca si el profesor Rodríguez existía, pero luego descubrí, que si dijo aquella frase, era un impostor que había hecho suya una cita de Einstein.
Oh, sí. Como habrán visto, el fin del mundo que me enseñaron en el cole, era el de una guerra santa, la revancha contra las cruzadas de antaño, pese a que el libro del Apocalipsis no dice ni un carajo respecto a eso (Eso sí, la última revelación de la Virgen de Fátima, habla de la destrucción de la Iglesia). No he vuelto a ver a la profesora Corpus, pero la clase la odiaba. Ahora que los efectos especiales ya lo permiten, el fin del mundo según el cine es el de los meteoritos, tsunamis, volcanes que vomitan y soles que calcinan, todo ello avalado por las tesis de Al Gore, Nostradamus, los Mayas o los rollos del Mar Muerto.
Colón, recordemos, también buscaba el fin del mundo en sus viajes. Pero, para su sorpresa, descubrió un continente. ¿Descubriremos algo, una tierra que no estuvo en nuestra percepción, alguna rara dimensión, alguna verdad absoluta, ahora que supuestamente el 2012 nos trae el punto final?
Yo, que le tengo cariño al animé, me quedo con el fin del mundo expuesto por Neon Genesis Evangelion. Luego de una retahila de batallas contra Dios (quien nos quiere castigar por habernos portado mal y jugar a ser dioses), llega el anhelado final acompañado por música de Bach. Si han visto esta serie y también las películas, comprenderán que los únicos sobrevivientes de la humanidad son un adolescente japonés y otra alemana. El japonés, es tímido, la gente le llega al pincho, y ser un nuevo Adán es una especie de joda divina para él que es un desganado y desencantado de la vida misma. Para la pelirroja alemana, también es paradójico fungir de Eva justo con el japonés que más detesta y a quien ha puesto calentón durante algunos episodios. O sea, para producir la comprensión del lector, es como si los únicos sobrevientes del fin llegaran a ser el estúpido de Justin Bieber y la ácida Adele.
Oh yes....
In God we can't trust
coz He's trolling us
Amén






