lunes, 16 de enero de 2012

Curso escolar: Introducción al Apocalipsis (I)


Cierta profesora de religión que me tocó en mi primariosa época escolar, dedicó cierto día varios minutos de su clase a prepararnos para el fin de los tiempos. Y es que eran mediados de los 90, así que se aproximaba el Jubileo 2000, hecho que fue interpretado por esta ilustre maestra como un simulacro a nivel nacional de cómo sobrevivir al Apocalipsis. Esta profesora hablaba sobre el fin del mundo con el entusiasmo con el que Homero versaba la Odisea. Sí. La tía era Seinfeld versión profética y, quiera o no aceptarlo o asimilarlo, sus palabras fueron para mí un primer contacto con la narrativa. Esta profe narraba gran parte de la Biblia, pero como que las proezas de Moises y Jesús ya habían sido bien ilustradas en el cine, así que nadie le daba mucha bola a esto. No obstante, el fin del mundo todavía no había sido adaptado al sétimo arte, quizá porque los efectos especiales no daban para tanto, quizá porque George Lucas se negaba a filmar una película de desastres (por qué el gana con el merchandising y se dio cuenta que no iba a sacar plata vendiendo muñecos de muertos, meteoritos o jinetes virulentos), quizá porque cuando Hollywood se disponía a filmar 'The End of the World: The Movie', los judíos tomaron el control de los estudios, trayéndose abajo toda la onda católica, para luego darle permiso a Spielberg de hablar de extraterrestre cabezones, dinosaurios que abren puertas y tiburones hambrientos. A lo que voy: El fin del mundo explicado por mi profesora era novedoso y espectacular. De hecho es una de las cosas que más recuerdo de esa castrante clase, de lo contrario no estaría acá hablándoles de esto.

Pero antes de referir las delicias narrativas de la señorita apellidada Corpus, me ubicaré en el tiempo y espacio. Bueno, ya dije: Mediadios de los 90. Lugar: El colegio parroquial Junior César de los Ríos, nombre bastante extraño para una escuela. Ahora recién me vengo a enterar que César de los Ríos fue un tipo que ayudó a construir aquel centro educativo. En fin. En ese tiempo, yo había leído apenas una Biblia ilustrada, con gráficos amables y tiernos, mientras que lo más sanguinario que había pasado por mis ojos jovenes había sido 'Bodas de Sangre' de Lorca. O sea, si eres un chiquillo y ves que en la biblioteca de tu viejo hay un libro que tiene la palabra 'Sangre' en el lomo, te va a picar la curiosidad de leerlo, quizá porque esperas que el novio le haga un fatality a lo mortal kombat a alguien (Kill Bill después me daría en la yema del gusto). Yo del Apocalipsis no sabía ni un carajo, así que la maestra Corpus me introdujo en ese mundo (Aún no había visto Terminator).

Habló entonces de que un ejército de herejes (quizá islámicos) invadiría las costas de los países que profesaban amor a Jesús. Esta tropa de exterminio detendría a la gente en las calles para preguntarles: "¿Crees en Jesús?". Sí decías que no, te dejaban vivo y te unías a ellos por default, si decías que sí, te destajaban en one, para que te reunieras con tu querido Cristo. La profesora, sugería lo siguiente si ese momento llegara a pasar: "Pues hay que decir que creemos en Jesús. No hay por qué negar nuestra fe solo por salvar nuestra vida". Sí, claro. Hemos mentido de niños para que nuestra madre no nos zurre y vamos a decir la verdad, gritar enérgicos I love Jesus, mientras tenemos una pistola desevangelizadora en la cabeza.

A ese exterminio militarizado de la raza humana, le siguió un episodio mágico, pues según la Corpus, lo preferible durante el fin del mundo, no era salir a correr a la calle por nuestras vidas o formar esas rondas que te enseña defensa civil en caso de sismo. No señor, lo mejor era quedarnos encerrados en nuestras casas y no abrirle la puerte a nadie, pues algunos espíritus resucitados vagarían por las calles durante el fin, devorando a los que chapaban en parques, en lugar de estar en su casa, en familia. "No debemos siquiera salir a comprar", dijo la profesora, quizá no tan incongruente, pues -creo yo- el fin del mundo también podría ser el acabóse de tanto consumismo (Ya ustedes saben, dizque la ramera bíblica es la estatua de la libertad). Y claro está que esta parte no se alejaba mucho de la realidad peruana de entonces, pues yo me imaginaba ese fin del mundo a punta de lámparas con kerosene, en medio de la oscuridad, coches bomba, militares trepándose a tu casa en busca de subversivos y demás.

Uno de mis compañeros de entonces, Antonio Julca, se animó a poner su granito de mostaza a la narración, hablando -bien informado él - de bombas nucleares, superviviencia de algunos elegidos (en realidad suertudos), quienes, mismos japoneses, iban a resucitar el mundo de la manera más tecnológica posible. "No creo. El profesor Rodríguez siempre dice: "Yo no sé como será la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos", dijo Corpus refiriendo así que ni cagando después de tanta destrucción ibamos a vivir como los Supersónicos. Yo no supe nunca si el profesor Rodríguez existía, pero luego descubrí, que si dijo aquella frase, era un impostor que había hecho suya una cita de Einstein.

Oh, sí. Como habrán visto, el fin del mundo que me enseñaron en el cole, era el de una guerra santa, la revancha contra las cruzadas de antaño, pese a que el libro del Apocalipsis no dice ni un carajo respecto a eso (Eso sí, la última revelación de la Virgen de Fátima, habla de la destrucción de la Iglesia). No he vuelto a ver a la profesora Corpus, pero la clase la odiaba. Ahora que los efectos especiales ya lo permiten, el fin del mundo según el cine es el de los meteoritos, tsunamis, volcanes que vomitan y soles que calcinan, todo ello avalado por las tesis de Al Gore, Nostradamus, los Mayas o los rollos del Mar Muerto.

Colón, recordemos, también buscaba el fin del mundo en sus viajes. Pero, para su sorpresa, descubrió un continente. ¿Descubriremos algo, una tierra que no estuvo en nuestra percepción, alguna rara dimensión, alguna verdad absoluta, ahora que supuestamente el 2012 nos trae el punto final?

Yo, que le tengo cariño al animé, me quedo con el fin del mundo expuesto por Neon Genesis Evangelion. Luego de una retahila de batallas contra Dios (quien nos quiere castigar por habernos portado mal y jugar a ser dioses), llega el anhelado final acompañado por música de Bach. Si han visto esta serie y también las películas, comprenderán que los únicos sobrevivientes de la humanidad son un adolescente japonés y otra alemana. El japonés, es tímido, la gente le llega al pincho, y ser un nuevo Adán es una especie de joda divina para él que es un desganado y desencantado de la vida misma. Para la pelirroja alemana, también es paradójico fungir de Eva justo con el japonés que más detesta y a quien ha puesto calentón durante algunos episodios. O sea, para producir la comprensión del lector, es como si los únicos sobrevientes del fin llegaran a ser el estúpido de Justin Bieber y la ácida Adele.

Oh yes....

In God we can't trust

coz He's trolling us

Amén

martes, 10 de enero de 2012

Ben Heine: El artista que inventó la combinación entre fotografía y dibujo a lápiz



La idea (técnica) es divertida. Esto de superponer a una fotografía urbana un gráfico alucinante, alterando el realismo de la foto, es algo que hoy varios copian. Al fin y al cabo, reitero, hacerlo es como divertirse. De hecho, es jugar con la fantasía. Es ir a la avenida que doblas todos los días y transformarla en otro mundo con tan solo un papel. Los émulos de esta técnica, hoy recurren incluso a billetes que tienen en ellos monumentos históricos y acoplan la copia monetaria al edificio real. Pero bueno, el pionero en esta corriente que ya tiene aires de arte pop es Ben Heine, un belga de 28 años que se dedica a la caricatura política y la pintura en su país. El año pasado se volvió conocido justamente por este proyecto, bautizado por él como 'Pencil vs. Camera', trabajo que fue bastante publicitado en la red. Su muestra aún era cosa fresca cuando lo entrevisté en 2011 para la revista en la que trabajo. Por diversos contratiempos que no pienso enumerar, la entrevista no fue publicada. No me queda más que compartirla, puesto que -como ya he dicho- esta técnica ya es algo masivo y que tiene alma de street art.

¿Tu propósito con esto es mezclar ficción con realidad o hay algo más?
Hay muchos propósitos y el que tú mencionas es uno de ellos. Quería demostrar que es posible unir dibujo y fotografía de una manera estética. Lo interesante de esto es que no hay fronteras en el dibujo, los pequeños bosquejos me permiten crear una puerta invisible hacia nuevos universos. Dejo que mi imaginación vaya a lugares locos e inexistentes; mientras que la foto es un mero reflejo de la realidad. El único límite es mi percepción del mundo. Comparto porciones de sueño hechas con herramientas muy simples.

¿Mostrar tu mano es parte de?
Claro, mi mano es siempre visible. Fue una difícil decisión ponerla al comienzo de la serie, pero creo que era necesario para enfatizar la íntima conexión entre el que mira y la acción que ocurre en el pedazo de papel. Es una invitación al soñar y olvidar la realidad.

¿Alguna influencia?
Sí, de apenas unos cuantos artistas. Entre ellos, Gilad Benari, un gran fotógrafo. Pero, pese a que siempre me alegra ver la creación de otra gente, trato de ser lo más independiente posible y tener mis propias fuentes de inspiración.

Estás fotos se pueden encontrar en 'Flickr'. ¿La web es una nueva galería de arte, en tu opinión?
La web es un instrumento poderoso y los amantes del arte se han dado cuenta de ello. Si bien expongo en galerías alrededor del mundo y promociono mi trabajo en la prensa, sigo activo en las redes sociales y en las galerías online como Flickr o DevianArt.

¿Imaginaste el impacto de esto?
No del todo. Ha sido una gran sorpresa. Creo que el feedback ha sido enorme porque cada imagen de 'Pencil vs. Camera' es entendible por todos. Sin importar diferencias culturales o de edad. Estas imágenes le hablan al niño que cada uno tenemos dentro.


martes, 3 de enero de 2012

¿Pollería sin pollo?


Cuando llego a mi casa, agotado después de trabajar, debo, tengo, que encontrar mi cama. No me imagino a mi casa sin mi cama y sería de otro mundo arribar y de pronto no encontrarla en el lugar en el que la dejé en la mañana. Cuando llego al trabajo, mi computadora también debe estar allí. Y aunque por minutos puede resultar placentero huirle a la chamba, no contar con computadora se traduce en horas de retraso. Cuando llego a un restaurante de comida japonesa, debe haber por defecto makis, y, no me imagino un día futurible en el que el mozo ponga sobre la mesa cuchillo y tenedor en lugar de palillos, y que se excuse diciendo: "Señor, se nos agotaron los palillos, ya no hay bambú".

Ayer fui con dos amigos a una pollería, una de las más respetadas de Lima, de nombre 'Don Tito', ubicada en la avenida Aviación. Luego de hacernos esperar durante veinte minutos el mozo, sin ninguna pizca de educación, nos dijo que se había agotado el pollo. O sea, la supuesta mejor pollería de Lima carecía de lo que ofrecía, algo raro, truculento, pues si eres la mejor en tu rubro, te abasteces bien. Es más, es una obligación para mantener la fama, especialmente en una ciudad, en un país, netamente pollero.

Un buen amigo, Fer, a quien le gusta frecuentar lugares tradicionales (El 'Juanito' también estaba dentro de su lista de puntos por visitar por la noche), me presentó, hace meses, a 'Don Tito'. Me lo describió como la mejor pollería de la ciudad. Con él, he almorzado en dos oportunidades en el lugar y no hubo problemas.

En vista de ello, ayer se me ocurrió 'presentarles' a mis dos amigos al afamado 'Don Tito'. Fuimos en la noche, aproximadamente a las nueve. El sitio estaba full, pero un señor detrás del mostrador nos dijo que había lugar en el segundo piso y que pasemos nomás. Al ubicarnos, nos pasamos cerca de diez minutos tratando de que el mozo, cualquiera de los cuatro que rondaba por allí, nos prestara atención. Al final, uno se dignó a atendernos. Pedimos un pollo, una botella de cusqueña y un vaso de chicha, para mi abstemio compañero, a decir verdad, un 'pollo', que temía emborracharse con un vaso y medio de cerveza. Luego de que nuestra orden fue tomada, esperamos cerca de veinte minutos hasta que el mozo se posó frente a nosotros. "Señores no hay pollo", dijo sin más ni más, balbuceando otras cosas y enseñándonos boletas de pago que no venían al caso. "¿Y ahora? ¿Entonces qué, nos vamos?", pregunté yo. "Váyanse si quieren", dijo de manera irrespetuosa, comentario que causó risas en una mujer que sí devoraba su pierna de pollo. Sentí entonces que el mozo se reía de nosotros, porque los demás comensales ya lo estaban haciendo. Mi amigo, diplomático, preguntó: "Entonces, ¿qué nos puedes ofrecer?", o sea, ni siquiera fue una iniciativa del mozo tratar de cautivarnos con otros platos, sino que mi compañero le sugirió que nos sugiriera otra cosa. "Será un parrilla, pe", dijo el empleado, emitiendo estas palabras con desgano, como si fuera un tómenlo o déjenlo, que a mi me llega al pincho perder clientela.

Finalmente nos levantamos. Abajo, exploté quejándome acerca de cómo era posible que no hubiera pollo, cosa que nos hubieran advertido desde que cruzamos la puerta, y así evitarnos estar calentando asiento como estúpidos, viendo cómo los demás engullían sus respectivos pollos, como aterrizaban pollos a la brasa en otras mesas, para luego ser ser expectorados del lugar. Nadie nos prestó atención. Es más, no dieron la cara.

'Don Tito'. Una pollería con una pobre nivel de atención. Tiranos que se se han creído el rótulo de mejor pollería de ciudad y por eso se dan el lujo de desdeñar nuevo clientes. ¿De que sirve ser la mejor, si la atención es una basura, de mozos malcriados, quizá capaces de escupir en tu plato antes de dejarlo en tu mesa? 'Don Tito', quédate con tu pollo. ¿Han pasado por experiencias similares o peores?

Fotomontaje: Jorge Aguilar