viernes, 24 de febrero de 2012

La nostalgia en el cine


Fui a ver 'The Artist', el día de su estreno en Lima, un poco apurado yo, porque quería comprobar su calidad antes de que llegase el oscarizado domingo y el veredicto de la Academia sea escuchado. Tenía en mi poder el DVD pirata de la mencionada producción. No obstante, por falta de tiempo no lo llegué a verlo. Es más, no era mi intención verla en casa, creo que había desembolsado un sol cincuenta por el disco y no me importaba pagar mi entrada al cine, sentirme como en los años 20 y comprobar si alguien en la sala se atrevía a hablar o a hacer ruido come-pop-corn en plena función. Además, ¿Habrá otra oportunidad de ver una película muda en una sala comercial? Creo que no, así que llegué al estreno y la película, no lo puedo negar, colmó mis expectativas. Cada gesto en esta cinta está bien puesto, y, lo más fabuloso, cada entrometido sonido extra está también bien distribuido. La película misma parece un viaje trepidante que deja sin aliento, y en el baile final, al oír la respiración cansada de George Valentin es como un regalo. He botado el DVD para que a nadie en mi casa se le ocurra verlo en un televisorcito. Qué vayan al cine, caracho.

Me enamoré de 'Midnight in Paris' en enero. Los primeros tres minutos de la película me parecen la introducción más estética y bien lograda que he visto en la pantalla grande en años. El jazz llamado 'Si tu vois ma mère' de Sidney Bechet que complementa esa seguidilla de tomas que tienen el mismo tiempo es demasiado propicio en su acompañamiento. Comparto entonces el intro de esta cinta que es un antídoto para cualquier nostálgico cuya melancolía ya es una enfermedad. Owen Wilson estuvo genial en esta película y la verdad que después de 'Midnight in Paris' voy a considerar más lo que haga.


'La invención de Hugo Cabret' es una película, que a diferencia de cualquier otra cinta de Scorsese, se puede disfrutar en familia. Su magia, radica en visualizarla en 3D, para que así los mecanismos del autómata y de los relojes de estación de trenes de Paris cobren -se podría decir -vida propia ante nuestros ojos. Es más, el mismo pequeño Hugo tiene una filosofía de vida volcada a los mecanismos perfectos. "Todos estamos acá por algo y si alguien falla, el mundo falla", parece decir en una escena. En otra, cuando sus propósitos de ayudar a George Méliès se ven saboteados (además de que esa acción lo llevaría a encontrar una nueva familia), lo vemos decir: "Esta es mi única oportunidad para encajar". 'Hugo' es tierna porque su protagonista se sabe un marginal y quiere vivir como un niño normal, aunque él haya filosofado mucho y se sienta más que un huérfano una mera pieza oxidada.


Este año, he visto quizá uno de los Oscar más justos. Se olvidaron al fin de premiar estupideces comerciales, más bien le dieron la espalda. La cámara ponchó brevemente a Steven Spielberg, pero me imagino que estaba asado porque a su 'Caballo de Guerra' no le dieron mucha importancia. Considero que el mundo en el que vivimos ahora no está para películas edulcorantes y melodramáticas como 'Caballo de Guerra', donde la acción infantil se torna épica y viceversa. Quizá por eso 'Hugo' es como un quiebre, pues muestra la visión de un niño desde el ángulo que Charles Dickens le hubiera dado. No pienso ver 'Caballo de Guerra', porque me imagino que es como 'Las aventuras de Tin Tin' combinado con 'La lista de Schindler'.

Doy gracias a Martin Scorsese por una amena cinta como 'Hugo' y gracias también por cortar las muecas labiales de Jude Law (el padre de 'Hugo' en el filme) cuando a su personaje se lo traga un incendio.

Agradezco a Woody Allen por entregarnos su hermoso homenaje a París, que es también un homenaje a la buena literatura. La verdad que el personaje de Gertrude Stein lo tendré en la memoria, aunque el prudente Allen haya evitado ahondar en sus noches lésbicas. Quiero imaginar que Allen se visionó la concepción de 'Midnight in Paris' cuando un periodista de preguntas trilladas lo atacó de esta manera: ¿Con qué personaje de la literatura le gustaría sentarse a tomar un café?. Me imagino también a Woody respondiendo: Déjame hacer una película para averiguarlo.

Para finalizar, agradezco a Michel Hazanavicius por su magistral 'The Artist'. Jean Dujardin nos ha enseñado que se le puede dar una personalidad compleja a un personaje sin recurrir al sonido.

Pienso que me agradan estos tres filmes porque cuentan la historia de tres personajes atrapados en el pasado y que logran salir de él. George Velentin: El actor silente que se niega a a hablar hasta que es rescatado. Hugo: El niño que cree que debe culminar la tarea que su padre muerto dejó incompleta. Y Gil Pender: El rubio que desea vivir en la edad de oro de París. Pero esas coincidencias, son otra historia.

viernes, 3 de febrero de 2012

Enemigo público por no comer anticuchos


Como ya lo había manifestado en el post 'Esa es mi tierra racista, así es mi Perú', nuestra nación es un país adolescente y sin personalidad que busca primero el reconocimiento del exterior para quererse a sí mismo. Ergo, ha tratado de importar primero alguna de sus cualidades (Machu Picchu, el pisco, la comida) para buscar con obsesión la identidad de la que carece.

Como parte de esta compulsiva carrera, los grandes marketeros nacionales se han visto obligados a forzar ciertas propagandas. El caso más delirante de esta publicidad a gran escala es el de 'Perú Nebraska', una publicidad con ambición de ser documental o reality show que coloca chefs, entertainers lorchos y otros perosnajes que viajan a un recóndito lugar gringo para presentarles la rica cultura peruana. Una de las caricaturas más mordaces que vi referente a esta ambiciosa publicidad pareció en el semanario 'El Otorongo' ya hace buen tiempo.

La verdad que las primeras semanas de ver Perú-Nebraska, todo muy bonito, muy épico, pero como suele pasar con 'Titanic' o 'Avatar', luego descubres que hay algo ridículo o falso en todo ese discurso. O sea, detrás de la espectacularidad siempre va estar algún punto forzado. Detrás de Hollywood, siempre van a estar las historias tontas. Detrás de las obras de 'Crepúsculo', siempre quedará el sabor de que esa cursi relato apenas daba para un cuento y no para tres ladrillescos libros. Iván Thays se dio cuenta de aquello, trató de dar su punto de vista, pero todo el mundo la ve como una perra traidora, un prostituta que escupe al cielo desde España.

Thays como narrador no es nadie. No sé otros, pero yo abandoné 'Escenas de caza', pese a que era un libro de prudentes páginas y que no iba ser 'indigesto' como diría su autor. Y es que efectivamente, Thays que proviene de la etapa minimalista del arte, está por default en contra de mamotretos abusivos, de floros con demasiado condimento. Sí, para Thays eso de la gastronomía peruana no es más que puto y grandilocuente floro, un bestseller de Coehlo que él se vio en la necesidad de derrumbar. Para su infortunio, se metió con la única cosa que los peruanos creen que hacen de la puta madre.


Pero claro, señores. El pobre y hoy estigmatizado señor Thays quiso burlarse de los intentos chauvinistas que dicen que nuestra comida es la más rica del mundo. Y si eso de creerse los más sabrosos del mundo no es equivalente a una actitud hitleriana que defiende la raza aria, entonces estamos bien pero bien ciegos (mejor dicho, recontra llenos). No voy a negar que me embuto un pollo a la brasa cada vez que puedo, o que los picarones bañados en miel son mi postre fetiche, pero tampoco pretendo decirle a un sheriff gringo (como hace Carlos Alcántara en ese nefasto comercial) que el picarón es más sabroso que la dona, con una solemnidad que roza lo categórico. Si alguien viene a mi casa a visitar, obvio que no se debe ir sin probar la sazón de mi vieja. Pero eso no significa que lleve una olla de carapulcra a los hogares de otros y los obligue a decir que la sazón de mi madre es la que debe regir en el barrio y en el mundo entero.

Señor Acurio, usted ha hecho muy bien su trabajo religioso. Ni siquiera el escritor Gustavo Rodriguez se ha arañado tanto y ha reconocido que no estamos acostumbrados a debatir de nada y que siempre hay un absurdo que quiere tener la razón. El trabajo de Gastón es impecable: Ha hecho que todos los peruanos crean que tienen un chef mágico y ene potencia en su interior listo para despertar de un largo letargo. Señor Acurio, las masas están bien adiestradas y listas para atacar ante cualquier ofensa sacaronchera contra la maravillosa culinaria peruana. Y claro. Usted no conoce a Thays, un tipo que, según sus leyes no puede decir que no le gusta la Inka Kola. Pero usted sí puede ser futuro jurado en el concurso literario del 'Cuento de las mil palabras', aunque quizá su opinión en literatura sea tenga la misma autoridad que la Thays en materia de fogones.

¡Qué lindo es mi Perú, carajo!